
Que me he hecho adictivamente consumista. Yo nunca he servido para vivir en una comuna hippy, ni en una aldea del amazonas, pero últimamente ya voy por unos oscuros y peligrosos derroteros de manirrota que me dan algo de susto.
Mi adicción se centra fundamentalmente en ropa y maquillaje, aunque tampoco pienso demasiado lo que compro en el resto de cosas. Lo que ocurre es que con los potingues y la ropa ya he superado el límite de ser un poco freak. Lo peor de todo es que no me duele, ni me siento culpable, sino inmensamente feliz cuando me compro algo nuevo, y no logro entender cómo puede hacer tan feliz una sombra de ojos.
Porque lo que más felicidad me da no es el usar las cosas, sino el hecho de tenerlas, y el escogerlas. Nunca ir de compras había sido para mí un ritual tan importante como lo es ahora. Supongo que con el poco tiempo libre que tengo y el poco tiempo que me dedico, el sentir que hago un gasto en cosas superficiales simplemente porque me apetece me hace sentir que me cuido o que me presto la atención que merezco. Sin embargo, reconozco que hay más, hay mucho más, y desde luego, cosas más baratas que necesito y que no se consiguen con la tarjeta. Suena a discurso repetido, pero es totalmente verdad. Sin embargo con estas cosas me pasa como con la telebasura. Cuando llego de trabajar 14, 15 horas (no es una exageración), lo que me apetece es ver chorradas, y que me hagan pensar lo menos posible. Y cuando estoy de viaje varios días sola, sin nadie que me hable a no ser que sea de trabajo, necesito ser un poco "niña" y dedicar tiempo a hacer cosas superficiales -y bastante frívolas, la verdad-.
Pero qué me gusta a mí un Corte Inglés, un Sephora... y no digamos un Duty Free de un aeropuerto! Eso es el paraíso!! No sé si preocuparme o ser feliz mientras no tenga hipoteca que pagar.
* Foto cogida al azar en google, publicada en http://martamakeupstyle.blogspot